Aprender a aprender, esa es la clave

Vivimos en un mundo en el que el aprendizaje ha alcanzado una importancia nunca antes conocida. El aprendizaje es la llave de entrada a un mercado laboral que demanda más conocimientos. Es, también, la clave para adaptarse a un cambio tecnológico que demanda nuevas cualificaciones. Es, en definitiva, el elemento esencial para sobrevivir en un entorno que exige, cada vez más, la capacidad de aprender a lo largo de toda la vida.

Nuevas rutinas

Ese proceso de aprendizaje, sin embargo, ya no puede seguir las rutinas del pasado. La repetición hasta la saciedad de series de nombres, la memorización de los libros de texto son técnicas que han quedado obsoletas porque, con ellas, el aprendizaje resulta duro y genera muchos rechazos. Barbara Oakley, catedrática de Ingeniería de la Universidad de Oakland, propone, por ello, aprender a aprender. Y lo hace porque todavía recuerda lo que le costó en su momento el estudio de las matemáticas. Las odiaba y suspendía todos los exámenes. Hoy, en cambio, enseña esta disciplina en la facultad, gracias a que, mientras la estudiaba, aprendió a aprender… Y a enseñar.

Lo primero que asimiló, a la hora de transmitir los conocimientos a los demás, fue la importancia de utilizar metáforas. Esto no es una idea original suya. Que va. Esta idea se la transmitieron profesores que sobresalían en las tareas docentes. Y es que las metáforas resultan muy importantes para que los alumnos puedan comprender y asimilar ideas clave.

La ayuda de la neurociencia

Los desarrollos modernos de la neurociencia también acudieron en su auxilio. De ellos aprendió que el cerebro tiene dos formas principales de funcionamiento. La primera es el modo focalizado. Cuando el cerebro de una persona se halla en este modo, se activa una red neuronal bastante limitada que está relacionada con la realización de tareas concretas. La segunda es el modo difuso. En él, los pensamientos son más aleatorios, como sucede cuando una persona está en la ducha. En el modo difuso es cuando los conceptos aprendidos en el modo focalizado se asimilan, se combinan entre sí y se consolidan. Lo cual revela la importancia de descansar, o de cambiar de actividad, después de una sesión de estudio. La procrastinación, de hecho, es algo bueno porque permite a la mente pasar al modo difuso.

Abstract brain form lines and triangles, point connecting network on blue background. Illustration vector

Una buena opción, en este sentido, es practicar algún ejercicio físico. Esta actividad potencia la memoria y el aprendizaje, porque produce una sustancia en el cerebro, llamada BDNF, que ayuda a las neuronas a formar las estructuras de aprendizaje. Este punto es de gran importancia porque, para entender cómo aprende el cerebro, es fundamental comprender cómo funcionan las neuronas. En el proceso de aprendizaje, las neuronas se envían señales unas a otras y acaban conectándose entre sí, creando canales que ayudan a asimilar los conocimientos y en los que se depositan. Esta realidad biológica nos enseña que hay que aprender poco a poco porque las neuronas necesitan tiempo para formar esa estructura que se desarrolla con el estudio.

Memoria y aprendizaje

En el aprendizaje intervienen dos tipos de memoria. La primera de ellas es la memoria de trabajo, o memoria a corto plazo. En ella está todo lo que se puede recordar de forma temporal. La segunda es la memoria a largo plazo, en la que se almacena todo lo que se aprende.

Cuando se aprende algo por primera vez, la memoria de trabajo se vuelve un poco loca creando estructuras neuronales, porque maneja una enorme carga cognitiva. Cuando empezamos a aprender, esa carga se reduce. A medida que vamos dominando algo, se van creando más enlaces en esas estructuras, que pasan a formar parte de la memoria a largo plazo. Aprender requiere crear enlaces que la memoria de trabajo pueda coger fácilmente. Especializarse es crear esos enlaces neuronales.

Cuando queremos retener lo que estamos leyendo, la mejor forma de hacerlo es leer una página, parar, mirar hacia otra parte y tratar de recordar la idea principal. Es lo que llamamos recordar y es muy efectivo. Otra forma es que uno se examine de sus conocimientos cada vez que pueda ponerse a prueba. O, también, tratar de explicar lo que ha estudiado.

Una última cuestión importante. Cuando aprendemos solemos cometer el error de pensar que algunas de nuestras características no son buenas para el aprendizaje. En realidad, sí lo son. Por ejemplo, las personas que tienen una mala memoria de trabajo son personas mucho más creativas. O la gente que aprende muy lentamente es gente que ve las cosas y las entiende de una forma mucho más profunda que quienes las ven más rápidamente. Lo que consideramos defectos, por tanto, pueden considerarse nuestras principales fortalezas en el proceso de aprendizaje.

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