Cinco debilidades para una crisis

Sabemos desde hace tiempo que la economía es cíclica. O sea, que a un periodo de vacas gordas le sigue otro de vacas flacas. ¿Está preparada la economía española para afrontar la siguiente crisis? Según Jesús Fernández-Villaverde, catedrático de Economía en la Universidad de Pensilvania, la respuesta es negativa. Y la causa son cinco debilidades, que es preciso corregir.

Cuentas públicas y crisis

Las cuentas públicas, el primer punto débil, están en una situación muy mala a corto, medio y largo plazo. A corto plazo, tenemos un déficit estructural del 2,5%. El déficit público se ha ido estabilizando, pero solo porque la economía ha ido mejor. Sin embargo, tendría que haberse reducido más deprisa de lo que lo ha hecho desde 2015. Por desgracia, desde ese año, los gobiernos se han dedicado a gastar más.

El problema con ello es la deuda pública no baja del 97% del PIB. Además, ¿qué va a pasar el día que llegue una recesión? Pues que caerá la recaudación, aumentará el gasto y subirán los tipos de interés. En ese contexto, el déficit puede volver a subir al 10% del PIB y ese nivel no se podrá financiar.

Presupuesto y estado del bienestar

A largo plazo también hay un problema: la sostenibilidad del estado del bienestar. La causa reside en el desplome de la natalidad y el aumento de la esperanza de vida. Como consecuencia de ello, la población, si no hay inmigración, va a caer a 25 millones de personas. Esto dificulta el pago de los gastos en sanidad y pensiones. Si se intenta compensar esta situación abriendo las puertas a la inmigración, la población española caería hasta el 40% del total, con lo que ya no seríamos un país europeo. No hay sistema político alguno que pueda asumir una situación como esa. Además, hay un problema más sutil: un inmigrante de baja cualificación no ayuda porque cotiza poco y luego tiene que cobrar una pensión.

La productividad es la segunda debilidad. Es fundamental que crezca porque es la única forma de poder producir mas a largo plazo. El problema en España es que la productividad en 2014 seguía siendo la misma que en 1981. Esto supone un serio problema porque, sin aumentos de la productividad, ni se puede tener un país moderno, ni se puede mantener el sistema de protección social.

El talón de Aquiles de las exportaciones

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En la estructura de las exportaciones reside la tercera debilidad. Es cierto que uno de los elementos más importantes que impulsaron la recuperación fue la capacidad de exportación. Incluso, España ya exporta más que Francia e Italia, en porcentaje del PIB. Ahora bien, nuestra economía tiene problemas enormes de cara a seguir exportando a medio plazo, lo que dificultará afrontar nuevas crisis. En primer lugar, las exportaciones se concentran en sectores que están muy expuestos al cambio tecnológico. Sectores que, por este motivo, están experimentando una transformación fundamental. A más largo plazo, el problema estriba en que la producción de estos sectores pueda marcharse a otros lugares.

El destino de las exportaciones españolas, además, se concentra excesivamente en Europa Occidental. Mientras, apenas crecen en Asia. España no tiene una presencia importante en India, que será la gran economía del mundo dentro de treinta años. Tampoco la tiene en China. Es más, las exportaciones a la India están reduciéndose.

Sensibilidad al ciclo

A ello es preciso añadir que el nivel de complejidad de las exportaciones españolas sigue siendo muy bajo. Producimos coches, pero de gama baja. Esto hace que las exportaciones sean muy sensibles tanto al ciclo económico como a pequeños movimientos en el tipo de cambio. Los coches de gama alta, en cambio, no sufren estos problemas. Más en general, España está totalmente descolocada de la nueva economía tecnológica mundial. Nuestras grandes compañías son las grandes empresas del siglo XX, no las del siglo XXI.

El cuarto punto débil es la delicada situación del sistema financiero tras la crisis. El sistema financiero tiene un nivel de capital muy bajo, el más bajo de la Unión Europea. Tiene 213.000 millones de fondos propios, pero de ellos 40.000 millones son créditos fiscales, lo que en realidad no es capital. Además, los bancos españoles no son rentables, no ganan dinero. El retorno de sus fondos propios es tan solo del 5,4%, cuando la tasa histórica de la banca es el 7%, y eso que ahora estamos en el mejor momento del ciclo. Además, una buena parte de ese retorno son las filiales extranjeras de los grandes bancos. El problema es que no se puede tener una economía que funcione sin un sector financiero rentable.

La economía política

La última debilidad es la economía política. Tenemos un Congreso de los Diputados muy fragmentado, con lo que cualquier tipo de agenda legislativa va a ser muy complicada. Llevamos así desde 2014, sin una labor legislativa de reformas importantes. Los resultados del 28 de abril sugieren que una buena parte del electorado recompensa el cortoplacismo de los viernes electorales, lo que nos va a hacer entrar en una dinámica muy nociva en la que los políticos responsables van a encontrase ante una audiencia muy poco receptiva. Un ejemplo de ello es la suspensión durante dos años del factor de sostenibilidad de las pensiones. Esto fue una irresponsabilidad porque los pensionistas habían estado muy protegidos durante la crisis.

La buena noticia es que se puede hacer algo al respecto, mediante una estrategia de reformas. Reformas que deben afectar al presupuesto, a la educación, al mercado de trabajo, al marco regulatorio y sus instituciones. También hay que abordar la cuestión de la España vacía. Está vacía porque tiene sentido y se va a quedar más vacía, ya que la economía del siglo XXI es una economía de aglomeración. En España hay una región que tiene futuro, Madrid, que tiene que convertirse en la tercera gran metrópoli de Europa. Tiene que crecer a unos ocho o nueve millones de personas y ser el centro económico del país. Pero el sistema político no va a querer afrontar esto, cuando lo que nos tiene que preocupar es el bienestar de las personas, no el bienestar de los territorios. Y el bienestar de los españoles depende de que Madrid sea una gran metrópoli europea y, además, que compita con Miami por ser la capital del mundo hispanoparlante.

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