¿Desglobalización? El mundo tras el coronavirus

Una de las grandes inquietudes económicas del momento es si estamos asistiendo a un proceso de desglobalización. Las guerras comerciales, primero, y ahora la crisis del coronavirus suscitan dudas sobre la continuidad del sistema de comercio internacional. Mauro F. Guillén, catedrático de Dirección Internacional de Empresas en la Wharton School, y Emilio Ontiveros, catedrático de Economía de la Empresa de la Universidad Autónoma de Madrid, reflexionan sobre este asunto.

El origen de la desglobalización

Desde hace cuatro años, indica Ontiveros, la dinámica de la globalización se ha interrumpido. Se ve amenazada desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca. A partir de entonces, EEUU ha adoptado una serie de decisiones que han puesto en tela de juicio el sistema económico mundial. Un sistema que facilita los flujos comerciales, de personas y de información con el que EEUU estaba comprometido.

La pandemia del coronavirus puede afectar a esta dinámica, generando una desglobalización. Primero se manifestó en una perturbación en las cadenas de valor globales. Estas cadenas son el paradigma de la nueva globalización. La crisis las interrumpió y muchas de ellas todavía siguen así. Esto implica una posible desaceleración de los vectores de la globalización, en especial en la inversión directa. Ahora las empresas van a revisar la dependencia de Asia de sus procesos de producción. Los gobiernos, además, están creando incentivos fiscales a la repatriación de esas actividades. Todo ello va a provocar que las empresas replanteen sus decisiones de internacionalización. Se trata de evitar situaciones como las que estamos viendo.

Aceleración de la desglobalización

Esas tendencias hacia la desglobalización, señala Guillén, no son nuevas. Ya se vivían desde hace tiempo, por ejemplo, el populismo o el proteccionismo. Lo que hace esta crisis es acelerarlas. Desde hace dos años, las empresas que fabrican parte de sus componentes en el exterior ya estaban cambiando. Lo vienen haciendo como consecuencia de las guerras comerciales. Lo mismo sucede con las compañías que compran componentes en otros países. A causa de esas guerras, las empresas están acortando sus cadenas globales de valor. También están diversificando el origen de los productos que adquieren.

Ahora las multinacionales le han visto de verdad las orejas al lobo. Por ello, han empezado a trabajar en la reconfiguración de sus cadenas de valor. Se trata de hacerlas más resistentes a este tipo de shocks. El gran perdedor en este proceso es China. Los ganadores, en cambio, son Tailandia, Vietnam, México y Europa del Este.

Efectos del proceso

Este proceso de desglobalización va a tener dos efectos, advierte Guillén. El primero es ese cambio en las estrategias de las empresas. Y el segundo es una menor eficiencia que conllevará un aumento de costes. Un incremento que, probablemente, se trasladará a los precios de una amplia gama de productos y servicios que paga el consumidor final. Pero esto es algo que tendremos que aceptar si queremos protegernos más frente a este tipo de situaciones. Y es que no nos podemos permitir disrupciones generalizadas en las cadenas globales de valor. Las empresas, por tanto, van a alejarse de las cadenas just in time para adoptar modelos más seguros.

¿Cuál será el alcance de ese incremento de costes? Ontiveros estima que será menor porque la inflación está en mínimos históricos. De hecho, dice, se está coqueteando con la deflación de manera descarada. Además, también hay que tener en cuenta el impacto deflacionista de la tecnología.

La verdadera amenaza

Lo que de verdad supone una amenaza, sigue diciendo, es que se vuelvan a articular bloques regionales. La proliferación de esos acuerdos regionales no es buena para el consumidor porque frena la movilidad de los factores productivos y de los datos. Esta dinámica de introspección implica un retorno a una suerte de guerra fría con China. Una situación que puede conllevar tensiones comerciales, tecnológicas, de propiedad intelectual, etc.

El mundo no puede funcionar si las tensiones entre las dos naciones presiden esa relación.

Esa terminología de guerra fría no tiene sentido en este contexto. La relación entre China y EEUU, apunta Guillén, es una relación de integración económica. Pero también de integración financiera, educativa, etc. El mundo no puede funcionar si las tensiones entre las dos naciones presiden esa relación. Se habla mucho, por ejemplo, de la rivalidad tecnológica entre los dos países. Pero ese sector aún está dominado por EEUU, Japón y Europa. China todavía está muy lejos de ellos. Así es que esa rivalidad parece un poco exagerada.

Recuperar Bretton Woods

En este contexto, Ontiveros pide recuperar el espíritu multilateralista del orden económico internacional que surgió de la conferencia de Bretton Woods. Ese espíritu, recuerda Guillén, lo inspiró Keynes. Él tenía muy presente la lección de la Gran Depresión, que se debió, en gran medida, a la oleada proteccionista. Ahora hay que resistir esa tentación a toda costa. Una de las peores cosas que podrían pasar es que la gente piense que la globalización va en su contra. La desglobalización reduciría su bienestar a medio y largo plazo.

En estos momentos tenemos el populismo, con consecuencias bastante negativas. También el mercantilismo, con su amenaza al libre comercio. E, igualmente, la idea de que, con una economía dirigida, como la de China, se sale mejor de la crisis. La situación actual es peligrosa porque abona el terreno a esos argumentos falaces. Pero si la desigualdad fuera menor, el atractivo de esas ideas también lo sería. El problema es que esta crisis va a aumentar las desigualdades. Habrá sectores que salgan bien parados y otros que no. Y eso se va a trasladar a los trabajadores de esas industrias.

Esta crisis, por tanto, pone nuevamente de relieve la importancia de que el estado tenga instrumentos para corregir ciertas dinámicas. Esto no quiere decir que haya que dejarse llevar por el dirigismo. Lo que esta crisis nos dice es que necesitamos estados y mercados.

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