Educación, ¿una pérdida de tiempo y dinero?

Uno de los grandes protagonistas del debate público de los últimos años es la educación. En unos casos, se habla de ella porque muchos países avanzados no salen bien parados en el Informe Pisa. En otras ocasiones, el tema sale a colación a causa de la necesidad de adaptar las cualificaciones profesionales a las nuevas demandas del mercado de trabajo. Sea cual sea la razón, lo cierto es que todo el mundo comparte la idea de que hace falta una educación mejor. Lo que casi nadie dice es que el sistema educativo puede ser una pérdida de tiempo y de dinero. Esto es lo que piensa Bryan Caplan, catedrático de Economía en la Universidad George Mason y columnista de EconLog.

Los réditos de la educación

Caplan puede parecer muy radical en visión de la educación, pero lo cierto es que en ellas subyace un punto de razón. Por ejemplo, cuando pone de manifiesto que ningún político dice jamás que se está dilapidando el dinero público que se gasta en educación. Desde luego, esto resulta extraño si, por otro lado, se habla tanto de la necesidad de mejorar el sistema formativo.

De hecho, en esto los economistas y los políticos siempre están de acuerdo. En otras cosas difieren, pero no en este punto. Y es que los economistas miden el beneficio económico que obtiene el individuo y se dan cuenta de que hay una correlación entre nivel de educación y nivel de renta. El problema que tiene esta forma de analizar las cosas es que detrás de los números se oculta una realidad que debe salir a la luz. Se trata, básicamente, de que la mayor parte de las veces lo único que se enseña al alumno es una habilidad que no sirve más que para aprobar un examen. En cierto modo, esta es una de las quejas habituales de los empresarios en relación con el sistema educativo.

Los empleadores y el expediente académico

Claro que los empresarios, aunque tienen razón en eso, tampoco han cambiado el chip en su forma de elegir las personas que se incorporarán a sus compañías. A los aspirantes a un empleo todavía los valoran por el rendimiento que demuestran en la escuela a través de sus notas. Da lo mismo que se trate de matemáticas, de literatura o de historia. Lo que cuenta es la nota media del expediente. Sin esas notas, no se puede ir a la universidad, ni conseguir un buen trabajo. Además, al menos en el caso de Estados Unidos, si una persona estudia latín tiene el futuro asegurado, porque las grandes universidades norteamericanas le abren las puertas de par en par.

En este sentido, Caplan considera que hay algunas asignaturas que son útiles, por ejemplo, matemáticas. Otras, a su juicio, son irrelevantes, como música. A pesar de ello, sigue Caplan, merece la pena estudiar esas asignaturas porque convencen a los empleadores de que una persona es lista, trabaja duro y es concienzuda. Vamos, que los colegios son, en última instancia, mecanismos para poner a la gente sellos en la frente, en forma de notas. Y cuantos más sellos le pongan a una persona, más le valorarán los empresarios.

Asignatura inútiles

Como consecuencia de ello, el mercado no recompensa a los alumnos porque sus cualificaciones se adapten a las necesidades del mercado de trabajo. Los recompensa porque hacen las cosas bien, aunque las asignaturas que cursen sean completamente irrelevantes. En Estados Unidos, por ejemplo, los estudiantes dedican el 70% de su tiempo a asignaturas que no servirán para nada en el futuro. Y, además, el nivel de cultura y de conocimientos que adquieren los alumnos es muy bajo. Muchos de ellos, por ejemplo, no saben quién fue Franklin D. Roosvelt.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, Caplan considera que, a la hora de invertir en educación, las enseñanzas inútiles merecen la pena. Las que son útiles, en cambio, no lo merecen. Caplan lo explica con el siguiente ejemplo. Si una persona quiere tener un título de Harvard tiene que pagar 70.000 dólares anuales. Esa misma persona también puede irse a vivir a Cambridge (Massachusetts) y asistir a las clases de Harvard sin matricularse porque nadie le va a pedir ningún documento identificativo. Incluso, esa persona puede acercarse al profesor, decirle que le gusta mucho su asignatura y que quisiera poder asistir a sus clases. El profesor, con toda seguridad, se sentiría encantado y le permitiría acudir. Después de cuatro años, esa persona habría adquirido los conocimientos y se habría ahorrado 280.000 dólares. Sin embargo, aunque tuviese los conocimientos, carecería de un título que le permitiese conseguir un empleo.

Titulitis

Por otro lado, si una persona quiere adquirir cualificaciones que le vayan a resultar útiles, tendrá que buscar profesores que sean muy estrictos. Por desgracia, lo que quieren los alumnos en Estados Unidos son profesores que impartan asignaturas ‘marías’. Con esto, lo único que consiguen es engañarse a sí mismos y devaluar los títulos universitarios. Pero lo hacen porque estamos en un mundo de titulitis universitaria para poder conseguir un empleo. A eso se le llama inflación de títulos. Y su resultado es que, en muchos sitios, se necesita un título universitario para ser camarero.

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