¿El final de la integración global?

Hasta hace relativamente poco tiempo, la narrativa de la globalización estaba repleta de grandes historias acerca de un mundo unido por la conectividad. La narrativa de hoy, en cambio, está repleta de crisis, colapsos y catástrofes que, según estas visiones, encuentran su origen en el enorme grado de interdependencia que ha alcanzado el mundo. ¿Significa esto que estamos en vísperas del final de la globalización? Jeremy Adelman, catedrático de Historia de la Universidad de Princeton, trata de ofrecer una respuesta a tan importante cuestión.

Un ciclo agotado

Desde la perspectiva de Adelman podría decirse que, en estos momentos, nos encontramos al final de un ciclo de integración global muy largo, que se inició con el descubrimiento de América en 1492. Desde entonces, la interdependencia fue a más hasta el punto de que hoy dependemos de los demás, como nunca antes en la historia, a causa de los enormes lazos comerciales mundiales que hemos ido tejiendo a lo largo de los cinco últimos siglos. También dependemos de los demás porque debemos afrontar juntos problemas globales, como el cambio climático, que ningún estado puede abordar en solitario. Lo mismo cabe decir de la crisis de los inmigrantes, ya que la integración global plantea límites a la integración social entre países, así como dentro de ellos. En resumen, necesitamos a los extranjeros, pero en las sociedades modernas domina el rechazo hacia ellos, lo que implica el agotamiento de la integración.

Cabe preguntarse, pues, si estamos, entonces, ante el final de la globalización. Adelman piensa que no, pero sí considera que estamos atravesando por una fase dolorosa vinculada con ella. Y el peligro es que, a causa de ello, podría desencadenarse una crisis tan grave, profunda y extensa como la de 1929, la que conocemos como Gran Depresión.

Dos narrativas sobre la globalización

El mundo que conocimos a finales del siglo XX ya no nos sirve. Le falta legitimidad y desgarra nuestro tejido social. Como consecuencia de ello nos vemos atrapados entre dos narrativas enfrentadas entre sí. La primera de ella se construye con los argumentos a favor de la globalización, los cuales, en muchos casos, se han quedado obsoletos. La segunda se estructura en torno al atractivo que tiene atacar esos argumentos desde todos los frentes posibles.

Esta situación supone un problema porque las narrativas son las que crean el contexto en el que se producen nuestras identidades compartidas. Son las que definen los límites de quiénes somos. Y tienen una función económica en tanto en cuanto general externalidades que facilitan el comercio entre nosotros. Por tanto, cuantas más narrativas positivas tengamos, más se incrementará ese comercio y mayor será nuestra prosperidad.

Uno de los factores más importantes que permitieron la integración global desde 1945 fue el recuerdo de la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y los treinta años de gran prosperidad que vinieron después. Pero, a medida que ese recuerdo se ha ido diluyendo en el tiempo, se han ido deteriorando los elementos de unión que permitían que las sociedades comerciaran entre sí. Un deterioro que se ha alimentado, también, del resurgimiento de las desigualdades de renta.

De Berlín a Wall Street

Occidente ha sufrido dos golpes que han afectado a sus narrativas. El primero, de naturaleza positiva, fue la caída del muro de Berlín en 1989. Aquél fue un tiempo de euforia y de una sola narrativa, la del régimen liberal y democrático, que no tenía alternativa. Este sistema parecía funcionar en zonas del mundo que se beneficiaban de la apertura.

El segundo golpe, por el contrario, fue duramente adverso. Se trató de la crisis financiera de 2008. A partir de aquí se solaparon fuerzas como la crisis, la creciente desigualdad, el cambio tecnológico o el cambio climático. Hacía falta que la economía se recuperase y volviese a crecer, pero tenía que hacerlo sin dañar al planeta. Por todo ello, la historia que ahora domina es catastrofista, y podría convertirse en una profecía autocumplida, como sucedió con el pánico de los años 30.

Así es que estamos atrapados entre esas dos narrativas. Quien se beneficia del desastre es el club de los que toman represalias, de los que abogan por olvidarse de los demás. Son los que quieren los beneficios que depara el compartir, sin pagar ningún precio por ello. Son quienes prefieren un modelo de interdependencia extractivo y predador. Por desgracia, esta visión tiene un atractivo cada vez mayor en muchos sectores de la sociedad.

Tres efectos olvidados

La narrativa actual se olvidó de tres efectos importantes de la integración. En primer lugar, la interdependencia produce una paradoja y es que la comprensión por los extranjeros no es tan ilimitada: cuanto más necesitamos al extranjero, menos le comprendemos.

En segundo término, se piensa que las necesidades de los extranjeros se satisfacen a expensas nuestras, con lo que nos volvemos más intransigentes. Esto produce efectos estructurales contradictorios, ya que la ampliación de horizontes no genera bonanza y bienestar para todo el mundo, sino que conlleva la aparición de jerarquías y desigualdades.
Por último, el nacional y el extranjero no se dan la mano, sino que se generan incentivos para que los líderes busquen beneficios a costa de los que no pueden expresarse, esto es, los extranjeros, que pasan a no ser bien recibidos.

En consecuencia, resulta complejo el reconciliar interdependencia con democracia. Esto es algo que hemos de entender si queremos comprender, por ejemplo, las condiciones de la popularidad de Trump o el Brexit. La historia del mundo es la de estas dos visiones rivales. Podemos reconciliarlas, pero la cuestión es cómo vamos a organizar el mundo para que nos vaya bien.

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