La universidad del futuro: retos y desafíos

¿Cómo será la universidad del futuro? ¿Qué características tendrá? ¿Siguen siendo válidos los modelos de educación superior de hoy? Estas cuestiones son fundamentales para comprender y diseñar el futuro de la educación terciaria, en un mundo global e interconectado, en el que se requiere un aprendizaje constante. Deborah Prentice, rectora de la Universidad de Princeton, y Jeremy Adelman, catedrático de Historia en esta misma universidad, comparten su experiencia en la adaptación de Princeton a este nuevo entorno y sus exigencias.

La importancia de la visibilidad

Princeton es una de las ocho universidades que forman parte de la Ivy League. Es considerada como uno de los centros de formación superior mejores del mundo. También es uno de los que cuenta con más recursos dinerarios. No obstante, por lo que Princeton es conocida ante todo es por su editorial, no por otros aspectos. Su falta de visibilidad, a pesar de su calidad, se debe a la falta de conexiones globales. Y este es el primer elemento que puede determinar el futuro de una universidad. Princeton, por ello, quiere ser más “visible”.

¿Por qué es tan importante esa visibilidad? Pues porque las universidades tienden a crear campus globales. También buscan construir redes de intercambio con otras universidades. Con ello, pueden mover a sus estudiantes y profesores a través de esas redes y recibir alumnos y docentes de otros centros con los que estén vinculadas. Esto les permite conectar conocimientos de diversas procedencias y asimilarlos.

Diversidad

Hay que tener en cuenta, en este sentido, que los estudiantes de hoy demandan cada vez más currículums globales. Una universidad solo puede desarrollar esos currículums a través de una red de intercambios. Ello implica la necesidad de adaptarse al hecho de que los estudiantes proceden de distintas y muy diversas tradiciones culturales. De hecho, la diversidad de estudiantes está aumentando y hay cada vez más universitarios de primera generación de inmigrantes en Estados Unidos.

La universidad, al menos la estadounidense, es cara. Conviene recordarlo porque los estudiantes votan con sus matrículas. En consecuencia, la elección de un determinado centro educativo representa para ellos un coste de oportunidad. Por eso, es necesario buscar en todo momento la excelencia educativa. En términos docentes, por ejemplo, se está generalizando la aplicación de la flipped classroom, o clase inversa, con el alumno como protagonista. El profesor pasa a un segundo plano y debe ser innovador en sus propuestas a los estudiantes. Esta metodología es posible, en parte, gracias al desarrollo y aplicación de las nuevas tecnologías a la docencia, gracias a la innovación.

Tecnología y nuevas cualificaciones

Este mundo tecnológico y digital es fundamental. Es el que permite a los estudiantes con pocos recursos económicos que puedan beneficiarse de una educación de calidad. Además, los estudiantes, con recursos o no, que optan por la formación online lo hacen por voluntad propia. Precisamente por ello, las universidades necesitan pensar en nuevas formas de relación con los alumnos.

Una cuestión fundamental, en este sentido, es el aprendizaje a lo largo de toda la vida. Este es cada vez más necesario porque es preciso adaptar las cualificaciones profesionales a un mundo que cambia rápidamente. También porque desaparecen unas profesiones y surgen otras nuevas. Este contexto exige adquirir nuevos conocimientos o adaptar los que ya se tienen a esa realidad cambiante. Y es que estamos en un ambiente disruptivo. En él surgen nuevas necesidades sociales y laborales que determinan qué cualificaciones son necesarias y cuáles han quedado obsoletas. Por ello, es preciso adaptarse a las necesidades cambiantes de la sociedad. La universidad también debe hacerlo.

Ahora bien, ¿qué sector va a marcar la agenda de lo que debe producir una universidad, que es un bien público? Es difícil decirlo porque el mundo de los negocios es cortoplacista, mientras que la universidad necesita tener una visión de largo plazo. Lo que sí es cierto, en cualquier caso, es que la universidad necesita dotarse de la flexibilidad necesaria para adaptarse a las necesidades cambiantes de la sociedad. Esto implica cuestiones como la reformulación de los doctorados, la aplicación de las nuevas tecnologías para mejorar la calidad de la educación y la colaboración entre la universidad y la sociedad civil para explorar oportunidades de actuación conjunta.

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