Productividad y cambio tecnológico, la extraña paradoja

En los estudios de economía se enseña que la tecnología y su aplicación a la producción de bienes y servicios aumenta la productividad. Desde esta perspectiva cabría esperar que el proceso actual de cambio tecnológico acelerado incrementase la productividad. Lo que estamos observado, sin embargo, es lo contrario. Este fenómeno se conoce como la paradoja de la productividad. Nicholas Crafts, catedrático emérito de la Universidad de Warwick y exdirector del Centre for Competitive Advantage in the Global Economy, analiza el fenómeno desde una perspectiva histórica.

La evolución de la productividad

Según Crafts, desde mediados del siglo XX, la tasa de crecimiento de la productividad se ha desacelerado. Esto ha sucedido tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea, hasta alcanzar tasas muy bajas. En Estados Unidos se encuentra en el entorno del 1,2% anual. La cosa es peor en la UE, donde ha caído hasta el 0,6% en la UE. La cuestión, por tanto, es si Europa podrá mantener el paso de Estados Unidos. Una pregunta importante porque parte de lo que sucede en Europa es que ha respondido tarde a los desarrollos tecnológicos estadounidenses. De hecho, más del 90% del progreso tecnológico de los europeos es importado.

Aunque Estados Unidos esté mejor que Europa en este ámbito, hay que preguntarse qué va a pasar allí con la productividad. ¿Seguirá desacelerándose? ¿Cambiará la tendencia y se acelerará? Porque las implicaciones económicas de la respuesta que se dé a estas cuestiones es fundamental. Los tecno optimistas consideran que la revolución tecnológica va a cambiar el comportamiento de la productividad. Estiman, de hecho, que su tasa de crecimiento podría superar el 2% anual e, incluso, hasta el 3%. Pero luego está el bando de los expertos en econometría, que son bastante pesimistas. Desde su perspectiva consideran que la tendencia a la desaceleración va a continuar.

Un indicador para predecir la productividad

Para dilucidar esta cuestión, el profesor Crafts propone utilizar un indicador un poco atípico. Se trata del volumen de libros publicados sobre nuevas tecnologías. Es un indicador que ha demostrado ser bastante fiable para predecir la evolución de la productividad. Funciona de la siguiente manera. Un aumento del número de volúmenes publicados sobre nuevas tecnologías viene precedido de un incremento de las tasas de crecimiento de la productividad. Desde 1995 está aumentando el número de libros sobre nuevas tecnologías que se publican. Por tanto, se puede estimar que la tasa de crecimiento anual de la productividad en Estados Unidos repuntará hasta el 2,2%. El aumento en Europa, en cambio, será inferior.

Ahora bien, dicho todo lo anterior, también hay que tener en cuenta que la revolución digital ha dificultado la medición del PIB. En consecuencia, podemos estar subestimando el crecimiento económico y, con ello, el de la productividad. Además, el impacto de la evolución tecnológica sobre la productividad se produce con un retraso temporal significativo.

Ganancias ocultas

Otro problema, relacionado con lo anterior, es que para medir el PIB necesitamos el deflactor del PIB. Éste mide las variaciones en los precios, que es con lo que valoramos el PIB. Sin embargo, no incluye las mejoras en la calidad de los productos. Tampoco ajusta los precios a las variaciones en la calidad. Por tanto, puede haber ganancias de la revolución digital que no se estén teniendo en cuenta, pero que mejoran el bienestar de la sociedad.

De la misma forma, las tendencias pasadas constituyen un pobre estimador de las tendencias futuras de la productividad. No hay más que ver que el crecimiento de la productividad se aceleró en la década de los 90. La clave fue la introducción de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones. Pero la tendencia, por entonces, era de desaceleración. Asimismo, cuando aparecieron los grandes cambios tecnológicos del pasado, como el vapor, la electricidad o el motor de combustión interna, hubo que esperar un tiempo hasta que su efecto se vio reflejado en el crecimiento de la productividad. Ese retraso temporal puede ser bastante significativo.

Lastres a la productividad

Por otro lado, hay expertos que consideran que la productividad crecerá poco porque los grandes avances tecnológicos ya se produjeron en el pasado. Además, es difícil encontrar nuevas grandes ideas. El problema es que hay que invertir cada vez más en I+D para conseguir un descubrimiento tecnológico significativo. A ello hay que añadir que la productividad del sector de I+D se ha reducido mucho. Y también la pérdida de dinamismo del sector empresarial. Esta pérdida debilita la creación de nuevas empresas, el desarrollo e introducción de nuevas tecnologías y nuevos procesos productivos, etc. Así es que, si consideramos que esto es cierto, entonces hay que investigar el origen de esa pérdida de dinamismo.

Los efectos de los cambios tecnológicos sobre la productividad al principio son modestos. La aritmética del crecimiento y el tiempo son los elementos que permiten que se despliegue todo su potencial. Las ganancias derivadas de la robótica y de la inteligencia artificial, por ejemplo, no se producen de la noche a la mañana. Por el contrario, llevan tiempo porque hay que adoptar las nuevas tecnologías, aprender a utilizarlas, tener personal con la cualificación necesaria, etc.

Nuevas tecnologías y empleo

Esas nuevas tecnologías tienen un impacto sobre el empleo, porque cambian su naturaleza y composición. Con ello, provocan la desaparición de una serie de ocupaciones, al tiempo que aparecen otras nuevas. Esto puede producir una dualización del mercado laboral, que afectará especialmente a los trabajadores menos cualificados y de sueldos más bajos. Sus empleos son los que pueden desaparecer. La cuestión, por tanto, es cómo se va a preparar a esos trabajadores, en términos de políticas laborales, para que puedan seguir en el mercado laboral.

En cuanto a la evolución de la productividad, hay que tener en cuenta que su crecimiento se debe más a recortes de costes reales que a la penetración de las nuevas tecnologías. Además, la productividad no crece tanto por los grandes avances tecnológicos como a causa de su difusión por la economía y la sociedad.

El declive de la productividad también tiene que ver con la reducción de la competencia. Por eso aparecen menos nuevas empresas y menos descubrimientos e innovaciones. Esto tiene mucho que ver con una política de competencia ineficiente. La regulación, al mismo tiempo, se ha incrementado. Eso también reduce el dinamismo empresarial porque la regulación hace cada vez más difícil que las nuevas empresas puedan desafiar a las incumbentes.

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