Un proyecto para España, la clave del futuro

Decía Raymond Carr, el gran hispanista, que España tiende a disgregarse si carece de un proyecto nacional que aúne a todas sus partes. ¿Qué proyecto necesita ahora nuestro país? ¿Qué características debe tener? En torno a estas cuestiones reflexionan Ana Palacio, ex ministra de Asuntos Exteriores; Javier Gomá, director de la Fundación Juan March, y Joaquín Leguina, ex presidente de la Comunidad de Madrid.

El proyecto de la Transición

Javier Gomá, director de la Fundación Juan March, se pregunta por la esencia de lo español. Para encontrarla, hay que acudir a la historia. A partir de ella, es preciso que la sociedad recupere la capacidad de asombrarse de los logros históricos de los españoles. Entre ellos, es preciso destacar la Transición.

La Transición es una revolución que tiene lugar entre 1975 y 1978. Su importancia reside en dos hechos. En primer lugar, implicó un desplazamiento súbito de la soberanía desde el jefe del Estado al pueblo. En segundo término, es una revolución que mejora revoluciones anteriores. Las revoluciones inglesa, americana, francesa o rusa se hicieron mediante la violencia. La Transición, en cambio, utilizó la ley en lugar de emplear el recurso a la fuerza. De esta forma, se dio un ejemplo, tardío pero excelente, de una revolución pacífica que significó la mayoría de edad de España como país moderno.

Progreso económico y moral

Gracias a la Transición, en España se vive mejor que nunca. En paralelo al progreso económico se produjo un progreso moral. Por tal se entiende la sustitución de la ley de la naturaleza, que es la ley del más fuerte, por la ley del amor, que es la ley del más débil. Gracias a ello, la gente vive una vida mejor y más digna de ser vivida. Pero hay una paradoja. Por un lado, vivimos en el mejor momento de la historia. Por otro, se extiende por la sociedad una sensación de tristeza, descontento, indignación, cólera. Y es que, a medida que nuestro sentimiento de la dignidad aumenta, mayor es el número de cosas que consideramos inaceptables.

Por otra parte, está el problema del cortoplacismo. A los políticos les preocupa el plazo parlamentario de cuatro años; a las empresas, el balance anual. Pero ¿quién se hace cargo del largo plazo? Aquí surge la importancia de contar con una ciudadanía ilustrada. Una sociedad que descansa en una ciudadanía con una educación deficiente no es sostenible, por mucho que tenga buenas leyes. Si las leyes y las instituciones no se apoyan en una sociedad ilustrada, todo es inútil.

Proyecto país y ciudadanía ilustrada

Una ciudadanía ilustrada es, por encima de todo, una sociedad consciente de su dignidad. Una sociedad ilustrada hace de sus ciudadanos buenos votantes, que distinguen entre buenos y malos partidos políticos. También discriminan entre las empresas que tienen buenas prácticas y las que no. Y diferencian entre medios de comunicación que ayudan a formar la opinión pública de aquellos otros que tratan de manipular la verdad.

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Joaquín Leguina, ex presidente de la Comunidad de Madrid, se queja de que los currículums de los actuales diputados no le llegan a la suela de los zapatos a los de los diputados de la Transición. Para tratar de arreglar esto, los partidos se inventaron las primarias. Pero las primarias son un fraude total, porque quienes participan en ellas no representan al electorado del partido. Solo representan a la facción más sectaria del mismo. Además, una vez que es elegido el líder en un plebiscito, éste se adueña del partido y elimina a los que no están con él.

El problema con los líderes políticos

Los líderes políticos españoles, por otra parte, se miran más el ombligo que a la sociedad. No son capaces de ponerse de acuerdo. Son unos incompetentes incapaces de formar un gobierno porque anteponen los intereses personales a los de la sociedad. Esto se arreglaría con una ley de partidos de verdad, porque los partidos carecen de obligaciones.

A su juicio, una persona no puede ser representante de la ciudadanía si no ha trabajado en su vida. Sin embargo, el porcentaje de representantes que nunca ha trabajado va creciendo inexorablemente. A este paso, va a llegar al cien por cien. Esto no puede ser. Por ello, hay que exigir reglas dentro de los partidos, que han de ser democráticos en su funcionamiento y su composición. Ni el sistema asambleario, ni el plebiscitario, tienen que ver con la democracia.

El privilegio de ser español

Ana Palacio, ex ministra de Asuntos Exteriores, destacó que no somos conscientes del privilegio que supone ser español. A su juicio, la Transición fue un éxito mayúsculo y en la reconciliación se vio el papel de las élites. Había una conciencia tácita. Los españoles, además, queríamos ser como el resto de los europeos, no ser diferentes de ellos. Eso implicaba estar en dónde siempre hemos pertenecido, pero con una democracia. Y es que España es ontológicamente Europa y ha contribuido a configurarla desde la época de los romanos. Aun así, los españoles necesitamos mirarnos en el espejo de los extranjeros. Esto forma parte de la peculiaridad de ser español.

Los tres ejes que han definido España son nuestro anclaje en la cuenca mediterránea, nuestro ser europeo y la vocación ultramarina, que es lo que define al genio español. Eso hay que tenerlo en cuenta en un proyecto para España. Ese proyecto se imbrica en un mundo que está en mutación. En estos momentos no está claro qué va a deparar ese cambio. Por tanto, no podemos crear cualquier proyecto sin tener en cuenta ese mundo en transición. En ese contexto, el descontento es nostalgia.

España y el proyecto europeo

Por lo que se refiere a Europa, estamos en un momento en que la construcción europea no proyecta, no prende. Estamos en un momento intergubernamental en el que lo que está primando son los intereses nacionales. Por eso hay que usar el anclaje mediterráneo, por ejemplo, con África, donde podemos tener un papel fundamental. España tiene que jugar sus cartas según los intereses de España, sin perder de vista que España es muy pro europea.

Respecto a los españoles, Ana Palacio se muestra optimista porque se conservan esas redes primarias de relación que nos han permitido atravesar la crisis mucho mejor que otros. Redes como la familia o las relaciones de vecindario. No somos ingleses ni franceses, ni lo vamos a ser nunca. Lo que necesitamos es proyectar autoestima, pero tenemos mimbres para hacer ese proyecto de país, que tiene que ir vinculado a los jóvenes. Sin embargo, hay que tener en cuenta que un proyecto no va a ser nunca atractivo para el cien por cien de la sociedad. Lo que tiene que ser es atractivo para una mayoría.

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